martes, 4 de marzo de 2008

Trazó una linea recta sobre el papel blanco.
Un poco más abajo, trazó otra con intención de ser paralela a la primera, y lo hubiera sido a no ser por que nunca tuvo precisión dibujando a "mano alzada".
Como por instinto, otra linea recta fue surgiendo en diagonal, cortando las dos primeras a diferentes alturas.
Desde el extremo izquierdo, nace una onda... sube... y sube... y sube... y alcanza el punto de inflexión y cae... baja, se hunde... y vuelve a tomar impulso hasta que con un sólo trazo, así ondeando, alcanza el otro extremo del papel.
Cuando se dió verdadera cuenta de lo que hacía, el papel no tenía ya espacios blancos donde seguir dibujando lineas.
Se lo quedó mirando.
¿Qué había intentado hacer?
En realidad, nada, salvo acompañar al tiempo en su monótono desgranar de segundos.
Puesto que cada quien ve lo que quiere ver, seguramente habrá quien piense, ante el papel rayado, que aquello fue un trabajo de composición, premeditado, sujeto a alguna regla, técnica y método, previamente establecidos. Seguramente habrá quien vea un trabajo de expresión, un intento por decir algo cuyo significado sólo conoce su autor -o el depositario de sus claves, una vez que aquél fallezca y no pueda ya argumentar nada en contrario-.

Lorca escribió:

"Se quedaron solos:
aguardaban la velocidad de las últimas bicicletas.
Se quedaron solas:
esperaban la muerte de un niño en el velero japonés"
(Federico García Lorca, "PAISAJE DE LA MULTITUD QUE ORINA")

y la crítica lo aplaudió como gran poeta.

Mi hijo escribió:

Huele mal:
Hace tiempo que en mi calle no recogen la basura.
Ya casi ni se puede caminar:
La gente pasa dando saltos sobre los desperdicios.

y su maestra le dijo algo -no sé qué- sobre falta de creatividad y de imagenes poéticas.

Un Alguien -de esos que promocionan su curriculum vitae en cada acto de su vida como si cada acto de su vida fuese, no más, un acto contínuo de promoción y venta- escribe:
"...el amor indescriptible de la otredad, es decir, la mismidad que se busca reconocer en la alteridad de su contradictoria complementaridad" y uno se pregunta si realmente entiende lo que escribió; si realmente quería decir algo o si fue tan sólo un trazado al azar, sin rumbo determinado, de palabras, por llenar un espacio de tiempo y papel cuando nada había para decir, o, cuando, viéndose en la obligación de decir algo, no sabía qué.

El poeta se queja de que sólo lo leen sus amigos poetas y decimos con lástima y mucha resignación "ya la gente no lee poesía", sin detenernos a pensar que aún hoy, más gente es capaz de recitar una estrofa de Quevedo o una rima de Becquer (aún sin saber quien fue el autor), que una simple linea de Neruda (con toda la publicidad que a Neruda se le ha hecho y se le hace). No importa lo que quiso decir el poeta al escribir "oscuras golondrinas"; la gente sabe lo que es una "oscura golondrina" y sabe que "volverán" (según el decir del verso) y eso es lo que importa; se entiende que la oscura golondrina va a volver... ¡así de sencillo! ¿a dónde volverán? lo dice el verso siguiente con la misma sencillez que el anterior. ¿Por qué hacerlo difícil, si fácil también se puede?

¿De qué nos sirve el lenguaje a no ser como instrumento de comunicación? y si al hablar o escribir, no comunicamos nada, ¿de qué nos sirve? ¿de qué sirve un discurso en alemán dirigido a quien sólo entiende el castellano? ¿y nos quejamos de que cada vez se lee menos poesía?

José L. Dasilva N. /2008

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