jueves, 19 de agosto de 2010

Setenta años después, un funcionario de registro civil, atendiendo a quién sabe qué absurda ley (que ese tipo de cosas no se hacen por impulso individual), abre un libro de actas y escribe una nota marginal en el folio en que descansa la inscripción del nacimiento de una mujer, hija de madre soltera (me reservo el nombre porque no viene al caso) y "padre desconocido" (así, literal, tal y como figura en el texto original). La nota reza lo siguiente:
Atendiendo a razones de identificación, se le asigna, por nombre del padre, el de "Juan" y por apellido, el de "Castro".
De esa manera, gracias a la arbitrariedad de unos legisladores trasnochados después de un "botellón" en alguna plaza pública de Madrid, unas cortes más llenas de "moralistas" que de "gente con moral", y un rey decadente que promueve una ley según la cual todos,a la fuerza, debemos tener dos apellidos, una mujer que durante setenta años figuró legalmente ante la sociedad como "Carmen Pérez" (sin segundo apellido que, aunque sobre decirlo, nunca necesitó), pasa a ser Carmen Pérez Castro, con todas las implicaciones del caso: cuando se le ocurra preguntar cómo va a hacer con todos los documentos generados a lo largo de 70 años: acta de matrimonio, partidas de nacimiento de sus hijos, cuentas bancarias, documentos de propiedad de lo mucho o poco que posea, etc., alguien le contestará "eso es su problema y usted es quien tiene que arreglarlo".

Cómo puede ayudar a la identificación de una persona, asignarle al azar un nombre y un apellido a su padre. Es obvio que padre tuvo. El único acontecimiento documentado de un nacimiento sin padre terrenal sucedió un año antes de la era cristiana y todavía hoy, su veracidad, es motivo de amplias discusiones y poca credibilidad.

Si a los "cortesanos" (entendiendo por tal a los hombres de las Cortes que también hay mujeres "cortesanas", pero estas no pueden ser "padre") les molesta la cantidad de hijos de madres solteras que hay en España, bien pueden dividirse tal población a partes iguales y asignarles, al grupo que les toque, su nombre y apellido.
Incluso el rey podría hacer otro tanto... esta mujer, en lugar de "Carmen Pérez Castro", podría haber sido "Carmen Pérez de Borbón", si le hubiesen asignado por nombre del padre "Juan Carlos" y por apellido "Borbón".

Cuando se trata de hacer el ridículo, los españoles damos un paso adelante. Lo malo es que el ridículo de los legisladores en la península, puede causar mucho daño a los españoles en la diáspora; esos emigrantes que llevan, algunos de ellos, más de cincuenta años fuera de España.

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