jueves, 15 de septiembre de 2011

Le vi

Le vi partir con la noche.
No al amparo de la noche,
como hacen algunos para escapar.
Le vi partir en la noche,
cuando la noche, a su vez, partía,
con la cabeza en alto,
listo para enfrentar la luz del día.

Después,
le vi llegar con el alba,
el día tercero,
para nacer, con el alba, nuevamente;
para ser alba de pueblo
y un guerrero al servicio de su gente.
Y el alba se hizo tras de él
como si le viniera persiguiendo
y el sol, por una vez, hizo el intento
de brillar con otra luz,
con esa luz que, dicen, es de todos
y para todos brilla igual.

Le vi esgrimir la cruz del perdón
con la humildad de quien se sabe obrero
y hablar del arado con pasión:
con la pasión, por la tierra, del labriego.
Le vi, también, convertirse en jornalero;
entregarse a sus sueños por entero...
y vi latir en sus sueños
sinfín de sueños ajenos:
los del "panita" Ruperto,
los de Flora y Ceferino,
los del viejo Canelón,
los que, en secreto, florecen
bajo techos de cartón...
Vi latir, en sus sueños, unos sueños
que, en verdad, no eran sus sueños.
No!
eran los sueños del cerro,
del caserío olvidado,
del campesino explotado,
de los que no tienen suelo...
Los sueños, en fin, que en sus sueños vi,
eran los sueños de Alí,
vale decir: los del pueblo!

Así es que, leyendo entre las lineas
de lo dicho y lo callado,
me pareció reconocer en su rostro
el rostro, hasta entonces, invisible
de miles de personas;
y en su voz, la de tantas gargantas
que por más que intentaron gritar
nunca pudieron...

Cientos, miles, millones de voces,
como una sola, corean desde entonces
el viejo canto del nuevo amanecer.

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