"Quien tenga algo que objetar acerca de lo que yo escribo, sólo piense y recuerde que: Lo que expongo, es mi experiencia y mi pensamiento; no puedo exponer ni su experiencia ni su pensamiento. Si mi experiencia fuese igual que su experiencia y mi pensamiento fuese igual que su pensamiento, entonces usted sería yo... y de ello, a ambos nos libre Dios."
(José L. Dasilva N., manifiesto personal, xxxx)
"El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar, por medio de esta apropiación, el trabajo ajeno."
(Marx y Engels, Manifiesto Comunista, 1848)
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sábado, 25 de octubre de 2014

Paisaje de acera común con perro y hombre

No se podría decir con exactitud
si el perro seguía al hombre
o el hombre seguía al perro,
porque, si bien el perro caminaba
tras las pisadas del hombre,
este se detenía cada vez que aquel hacía un cambio
ya en la dirección, ya en la velocidad, de su movimiento.
Hay quien pensaría ante la escena
si el amo arrastraba al perro
tirando de la cuerda
o el perro empujaba al amo
aprovechando el espacio sólido de aire
que mediaba entre ambos.

Perro y hombre son accidentes temporales,
percances que, de cuando en cuando, le ocurren al paisaje.
Eventos que el paisaje absorbe con absoluta naturalidad,
quizás acostumbrado como está,
a ser continuamente modificado.

sábado, 20 de agosto de 2011

Pensó, no sin razón, que aquel sonido estaba más allá de cualquier concepción humana. No era posible, se decía, para una mente terrena, concebir tan hermosa sucesión de armonías y, menos aún, que existieran voces capaces de interpretarlas. ¿Qué era lo que sonaba? ¿cómo era posible que no lo hubiese escuchado nunca antes? En su perplejidad, se dió cuenta de que todo lo percibía como si estuviera recuperando la conciencia, como si despertara de un sueño profundo. Con los ojos aún cerrados -no podía abrirlos, de hecho, por más que se esforzaba- comenzó a recordar lo sucedido.

Eran las seis menos cuarto la última vez que miró el reloj a no más de cincuenta metros de la sala de conciertos. No faltaba más que cruzar la calle, subir la escalinata y entrar. Había tiempo suficiente. Justo, pero suficiente. Ni siquiera tendría que detenerse en la taquilla a comprar el boleto. Lo había adquirido días atrás y lo llevaba en el bolsillo de la camisa. Tocó para asegurarse... Sí. Allí estaba. El semáforo no tardaría más de diez segundos en permitirle el paso. No había necesidad de aventurarse a cruzar corriendo por entre los automóviles que circulaban a alta velocidad.

¿Cuánto tiempo había esperado para esto?
Toda una vida ahorrando "de a poco" porque "algún día ese coro de ángeles se presentará en esta ciudad y yo voy a estar en primera fila, tan cerca, tan cerca, que si yo cantara, mi voz saldría disparada hacia el público confundida con las demás voces como si yo mismo estuviera sobre la tarima".

Mientras algunas personas se desviven soñando mansiones gigantescas y autos costosísimos, otras viven con la sóla ilusión de poder disfrutar antes de morir, en primera fila, un concierto.

¿Qué hora será? Ya deben pasar de la seis. La presentación habrá empezado. Quizás esas voces que oigo es el sonido que trasciende las paredes del teatro. Y yo sigo aquí, sin poder cruzar esta calle. Pensándolo bien, ¿donde estoy?. Al abrir los ojos, muy lentamente, puede divisar, a su altura de observador, el primer peldaño de la escalinata, a no más de ¿treinta metros, quizás? Lo observa por el espacio vacío que queda entre dos personas de la multitud que se ha agrupado en torno a él. Un hombre grita concierta desesperación, sosteniendo la cabeza entre las manos. Él no entiende lo que dice, pero sabe que grita. También sabe que la multitud está produciendo un sonido ensordecedor, por algún tipo de conmoción, pero lo único que alcanza a oir es el sonido del coro interpretando una de sus piezas favoritas. De algún modo, sabe que el hombre de las manos en la cabeza, es el chofer del automóvil con el parabrisas astillado. Ya despierto del todo, del todo recuperada la conciencia, pero aún sin saber muy bien lo que pasó, descubre el motivo de la conmoción general: ve un cuerpo, tendido cuan largo es, en medio de la calzada, justo en el instante en que alguien lo está cubriendo con una sábana negra o algo que se le asemeja. No puede oir los sonidos de la multitud, pero el coro de ángeles se escucha cada vez más claramente. Cada vez más cerca. Ahora todo lo observa desde arriba... y se aleja... y se aleja...

viernes, 27 de noviembre de 2009

Paisaje de avenida, a mediodía, con escritor y perrocalentero a la sombra de un jabillo.

(Escenas de Ciudad)

"Todo es inútil
cuando no sabemos
qué uso darle."
E. Lautor
("Haikus profanos")



Alguien pasa y me pregunta que si el metro queda cerca.
Otro alguien, en un carro que se detiene, busca el hotel Atlántico.
¿Qué puedo yo saber de hoteles, parado en esta acera,
a la sombra de un jabillo?
Bajo el otro jabillo, un poco más frondoso, está el perrocalentero.
Hasta hace unos minutos, no había nadie a su alrededor.
Ahora, -se nota que ya el reloj gritó las doce- parece un enjambre.
La gente pasa, se detiene, se arremolina.
Todos con igual hambre e igual prisa.
Todos con apuro por regresar, quizás, a la oficina.
"Uno con todo"
"El mío sin cebolla"
"No seas pichirre, italiano, ponle más papitas"
El italiano asiente.
El sol está inclemente.
La sombra del jabillo se me ha vuelto insuficiente.
Con gusto me movería, pero no hay otro sitio donde estacionar
y no me puedo alejar demasiado del carro,
no sea que venga una grúa y se lo lleve...
O un ladrón, que, entre ambos males, sería el peor.
A veces es preferible aguantar un poco al sol.
Se calienta la cabeza pero se gana en tranquilidad.
Para matar el tiempo y olvidarme un poco del agobiante calor,
saco el celular y escribo este retrato de lo que pasa a mi alrededor.
La gente delante del perrocalentero ya se disipó
como si humo fuera ante un ventilador.
Ya mi mujer aparece por la puerta del edificio
donde tiene el consultorio su odontólogo.
La espera termina. Ya me voy.

Epílogo.
Una persona conocida,
que leyó lo que antecede al poco de haberlo escrito,
me recrimina por "esa ignorada frivolidad"
que me dictó "un texto tan vacío de significado".
Me encojo de hombros.
Prefiero no contestar.
¿no puede uno, de vez en cuando, simplemente
dejarse llevar por el soplar del viento
como velero sin timón en altamar?
¿dejarse mecer al ritmo de las olas
sin mayor preocupación?
¿a quién le importa?
Releo el texto... ¡es cierto!
-¿a quién le importa?-
apartando las palabras, no encuentro más contenido.
Pienso, sin embargo, muy para mis adentros,
que nada existe en el universo sin razones ni motivo
y que si algo nos parece inútil, quizás no sabemos para qué sirve.

domingo, 25 de octubre de 2009

Camilo, un recuerdo lejano

(Escenas de Ciudad)

Camilo era un hombre culto, ilustrado.
El casi no recuerda ya su historia.
Un día se hizo a la mar.
Hoy no sabría decir por qué.
Estudioso de la literatura y de la lengua hispana.
Filósofo, historiador, conoce el pentagrama al derecho y al revés.
Domina el inglés y se hace entender perfectamente en francés.
Tuvo miedo, dice.
Tuvo miedo de lo que venía.
Se dejó llevar por lo que le dijeron quienes sabían menos que él:
quienes -quizás también- valían menos que él, pero tenían más que perder.
Y un día se hizo a la mar.
Camilo, el maestro que nunca aprendió a nadar.
Cuarenta años pesan ya sobre su espalda, y, quien lo ve, dice que son muchos más. Ayer pasé por su lado.
Dormía echado sobre el pavimento frío del bulevar.
Le oí un quejido que me sonó a "por qué" e imaginé que soñando se preguntaba "por qué me dejé engañar".
El paraiso está a tus pies siempre donde sea que tú estás.
A menudo lo encuentro caminando el bulevar.
Mucha gente se aparta, le huyen como si le temieran; yo me detengo a conversar.
Debajo de los sucios harapos con que viste, detrás del hedor ocasional, de su permanente aliento maloliente a alcohol, hay una persona con una gran necesidad de ser rescatada de algo que ni él mismo entiende.
Yo no intento rescatarlo de nada.
No creo que, a estas alturas, él quiera, realmente, ser rescatado.
Me acerco a él porque me agrada su conversación y nunca me ha parecido un personaje peligroso.
Sólo por curiosidad, y un poco escéptico por saber hasta qué punto se inventa o dice verdad, cierto día le menciono un tema sobre el cual debo hacer una monografía como tarea escolar.
Me da una clase magistral en algo más de dos horas que dura nuestro encuentro.
Cuánta precisión en sus apreciaciones. Cuánta exactitud en sus planteamientos.
Cuánta lógica en sus conclusiones, según podría comprobar, después, tras la lectura de una buena cantidad de textos especializados.
Fue tan clara su exposición que intenté recordar sus propias palabras al momento de escribir mi ensayo.
En suma, me parecía, con mucho, más completo el conocimiento adquirido a través de Camilo que aquel otro impreso en los libros de texto.
Nunca tanto éxito volví a tener en toda mi vida de estudiante.
Nunca pude agradecérselo.
Fue aquella tarde la última vez que le vi.
Ahora, con los codos apoyados en el barandal del puente y la cara entre las manos, miro al bulevar que discurre por debajo, como siempre, pero no es ya ni la sombra de lo que fue; menos aún, de lo que pudo llegar a ser si alguien se hubiera ocupado de darle el más mínimo de los cuidados.
Intento ver la figura de Camilo echado en alguno de los rincones, debajo de alguno de los deteriorados bancos de cemento y me pregunto cuántos Camilos pasearon -y pasean- las calles de esta ciudad, empujados, quizás, por la falta de una mano en que apoyarse cuando el abismo se abre bajo sus pies para llevárselos y no devolverlos más.
¡Cuántas mentes brillantes ahogadas en alcohol, por las manos de la indigencia! ¡Cuánto científico!
¡Cuánto poeta!

miércoles, 26 de agosto de 2009

Cuento con Mujer de Funcionario

(Escenas de Ciudad)

Corren los días del año 2009. Son días de controversia. De alguien que intenta aplicar una ley a otros que buscan las mil y una formas de evadirla. De gente que trabaja, y gente que ve cómo otros trabajan... Para quien pregunte ¿de qué viven estos? la respuesta es simple: del trabajo de aquellos. Digámoslo, pues, de otra manera: días de gente que trabaja y gente que se aprovecha del trabajo de otros. Días de gente que intenta construir y gente que sólo busca destrucción, amparándose en el clásico e inobjetable derecho a la libre expresión. Días, en fin, de días como los días de cualquier otro año, pero estos, en particular, son los de 2009.
Por estos días, la mujer de Antonio detesta cuanto tenga aroma a gobierno. No a cualquier gobierno. Eso sería mucho decir. Detesta cuanto tenga que ver, en particular, con la gente que, en estos días, gobierna su país; el país en el que nació y el país en el que vive (porque, nunca se lamentará lo suficiente, le negaron la visa de aquel otro en el que sueña vivir). Dice que "nunca en este país se robó tanto", que "nunca la corrupción fue ni tan grande ni tan descarada". Habla de la "doble moral de esta gente que aparece en televisión dando un discurso de honorabilidad por la mañana para luego, en la tarde, llenarse los bolsillos haciendo, justamente, todo lo contrario. Ahí tienes al alcalde ... sí, ese ... ¿hace cuánto que se hizo cargo de la alcaldía? ¿dos años? ¿cómo puede un pata-en-el-suelo, como era él, salido del mismo barrio donde yo vivo, en no más de dos años, con un miserable sueldo de alcalde, que al fin y al cabo no es sino un funcionario más, de alto rango, ¡sí!, pero funcionario al fin, comprarse un carro tan caro como el que tiene? ¡Y no mencionemos la tremenda quinta que está a punto de comprar! ¡imagínate! Cancha de tenis, dos piscinas, una exterior y otra interior, más pequeña, claro, en una especie de gimnasio con solarium y todo. Habitaciones como para un regimiento y un baño en cada habitación. ¡Vale todo el dinero del mundo y un poco más! ¡Es impresionante! Ya la vas a ver. Queda a dos calles del lugar a donde vamos ... ¡Ay, niña!, ¿Cómo crees que lo sé?, de fuentes fidedignas. Me lo contó mi comadre Juana, que se encontró, en estos días, en la peluquería, con una conocida suya, gente de toda confianza y total credibilidad, casada con el hijo de uno de sus guardaespaldas ... " Todo esto conversa la mujer de Antonio con su gran amiga Claudia, mientras conduce aquel lujoso bmw último modelo, recién comprado, rumbo al lugar en que la espera un corredor de bienes raíces para mostrarle la casa, junto a los campos de golf, que Antonio le va a comprar con el dinero que, su sueldo de funcionario, le ha permitido ahorrar durante los seis meses que tiene trabajando para el gobierno, como inspector, en la Administración Nacional de Aduanas.